Partimos de una distinción simple, elaborada por parte de la reflexión teológica latinoamericana: no es lo mismo la fe “en” Jesús que la fe “de” Jesús. A riesgo de simplificar, la distinción tiene efectos concretos y hasta opuestos. Quienes insisten en la fe “en” Jesús estarán preocupados por salvar, redimir y reposicionar la institución mediadora (con sus mediadores y mediadoras) que enseña a tener fe en Jesús. Enseñanza que alcanza su máxima expresión en el hijo enviado por su padre para sacrificar su vida por nosotros. Evaluarán si, en las acciones que llevan a cabo o en los lugares que comparten con “otros”, la fe en Jesús está garantizada. Se sienten mediadores. Aquí no importa mucho lo que pasa en la vida real, la fe es siempre una, fija y segura. Tan segura como la casa “más segura” que es aquella que no tiene ni puertas ni ventanas. Nadie entra y nadie sale. Y los que están dentro, muy seguros, poco a poco van muriendo de asfixia. Se trata de una fe cuya consecuencia política es un amor impotente, sacrificial, meritocrático, y en no pocas situaciones, profundamente perverso. Es un amor enfermo de institucionalismo, intimismo individualista y clericalismo.
Quienes basan sus acciones en la fe “de” Jesús no es que impugnen la mediación institucional, sino que la entienden y disciernen a partir de los valores a los que adhirió Jesús en su vida cotidiana, resumidos en las bienaventuranzas. La fe de Jesús pone en el centro al ser humano, por encima de la ley (del sábado, de las instituciones). No se preocupa si “los otros” tienen fe en Jesús porque el criterio de la fe, es la fe de Jesús: la primacía de los pobres (más allá de su condición moral), la búsqueda de la justicia y la construcción comunitaria y no sacrificial de un amor eficaz. Esta fe de Jesús, preocupada por la realización histórica del amor, se pregunta por las opciones comunitarias concretas (siempre ambiguas y contradictorias) que ayudarían a ser eficaces en el amor. Opciones muchas veces difíciles de asumir y digerir, dado la presunta higiene moral que suele prevalecer en muchas vivencias “cristianas-eclesiales”. La fe de Jesús ofrece posibilidades creativas para construir con otras y otros (incluso con los que no tengan fe en Jesús), espacios y tiempos de encuentro para hacer memoria de las y los crucificados de la historia, para compartir las luchas contra las injusticias sociales e, incluso asumir la participación política concreta. La fe de Jesús supone algo común. Y eso común es el lugar y el tiempo del encuentro, reconocimiento y despliegue del cuerpo que somos; nunca armonioso ni completo. Nunca el encuentro es totalmente coherente, porque en esa experiencia común se pone en juego lo personal, que se lo interroga, se lo discute, se lo abre para reconocer los modos y contenidos deshumanizadores del sistema de relaciones sociales existente, adheridos y metidos en el cuerpo y en la conciencia. Reconocer esa adherencia no es aceptarla. Tampoco victimizarse.
La fe de Jesús nos recuerda que no estamos más allá de la realidad. Si el “sistema” o “el mundo” es injusto y cruel; si privatiza el malestar social, culpabiliza y demoniza las luchas sociales de los de abajo; si es meritocrático e individualista; ello significa que también ese “sistema” está en lo que somos, en lo que sentimos, en lo que pensamos, deseamos y hacemos. No hay mácula disponible para sabernos fuera de ese sistema de relaciones que produce seres humanos injustos, crueles, sádicos, culposos y culpabilizadores, meritocráticos e individualistas. Todo sistema de organización social (que nunca es perfecto, ni autoinmune ni todopoderoso) es eficaz si se vuelve el contenido anhelado de nuestros corazones. Incluso, puede haber prácticas y discursos para hacernos creer que somos “lo otro” o “lo alternativo” de todo aquello inhumano, que somos moralmente superiores al sistema, que el sistema no nos “toca”, no nos alcanza, no nos mancha. Esas prácticas y discursos son un consuelo para soportar la impotencia para resistir, o al menos reaccionar, ante la crueldad institucionalizada (incluso por medios “democráticos”) que mata o que deja morir. Desde ese consuelo impotente está hecha la “memoria de la fe en Jesús” que muchas veces hacemos; no siempre. Y esa memoria impotente que no queremos, pero que hacemos, es memoria derrotada que no anima cuerpos y conciencias, sino que los desconecta de la realidad sacándole “las ganas” para luchar, resistir, organizar. Un ejemplo de esas prácticas y discursos, comunes en espacios “cristianos”, es la de domesticar las memorias. Por un lado, domesticar las memorias históricas (populares, barriales, comunitarias, eclesiales) de denuncia de las injusticias y las violencias padecidas por el pueblo pobre. Por otro, domesticar las memorias de organización comunitaria; animadas por la fe de Jesús. En las experiencias de la fe de Jesús primero es la práctica que pone en el centro a los pobres e injusticiados. Primero las tripas. Muchas veces, la memoria de la fe de Jesús se domestica en memoria de la fe en Jesús. Y memoria domesticada no es memoria. Es relato que invisibiliza las injusticias sociales de hoy. La memoria domesticada se usa para fijar héroes y sostener ritualmente instituciones jerarquizadas y jerarquizadoras (religiosas y no religiosas). Por eso no es memoria; es paternalismo perverso que permite la violencia de la injusticia social organizada o una “economía que mata”, como dice Francisco (Evangelii Gaidium 53), para luego acariciar y consolar las almas de los injusticiados. Memoria domesticada es memoria organizada y animada por los ritos del poder, que consagra la distancia y la desconexión entre lo que somos y lo que nos pasa. Desconexión y distancia entre el yo y el nosotros. Desconexión entre lo sagrado utópico: la vida en abundancia; y lo histórico concreto: las experiencias concretas de organización y resistencia de los pobres, de lo excluidos, de los descartados (Laudato Si' 22; Fratelli Tutti, 18). Es decir, una desconexión entre el sufrimiento colectivo y el sufrimiento personal-corporal y que paradójicamente, en la era de la conectividad, se profundiza cada vez más.
La fe de Jesús nos invita a interpelar toda experiencia religiosa y toda espiritualidad cuando se convierten en fuga de la historia real, y dejan de ser espacios y tiempos para compartir los sufrimientos, vivificar deseos de denunciar las prácticas de deshumanización y organizar relaciones más fraternas, solidarias y justas. El amor eficaz sin compromiso real contra las causas concretas de la pobreza, la desigualdad y la injusticia, es amor impotente; nunca creativo. Ideología sacrificial que anula la misericordia política.
Carlos Asselborn
Prof. de Filosofía y Ciencias Sagradas (CEFYT), Lic. en Filosofía (UCC), Dr. en Ciencias Sociales de América Latina (DESAL-UNC).

